Ilustraciones de Emma Günther. Fotografías de Brittany Villiard.
Tuvimos que tomar una decisión que nadie querría tomar
Nadie puede comprender realmente lo que significa perder a un bebé sin haber pasado por esa experiencia.
En Clue, creemos que todas las personas tienen derecho a tomar sus propias decisiones sobre su salud, sin juicios, desinformación ni vergüenza, basándose en sus elecciones personales y/o en la orientación de profesionales de la salud. Este es el testimonio personal de una integrante de la comunidad Clue y refleja su experiencia individual. Tu profesional de la salud puede ofrecerte orientación adaptada a tus necesidades y circunstancias.
Desde el momento en que me enamoré de mi marido, Laurent, supe que algún día quería formar una familia con él. Después de ver cómo muchas mujeres de mi familia habían tenido dificultades para quedarse embarazadas, tenía claro que no quería esperar. Así que quizá yo estaba un poco más preparada que Laurent cuando, una tarde de verano, llegué a casa después del trabajo y anuncié que había llegado el momento.
Hasta entonces, nuestra relación había sido tan bonita y sencilla. Nunca se me pasó por la cabeza que esta nueva etapa de nuestra vida juntos pudiera ser diferente. Para nuestra sorpresa, me quedé embarazada en el primer intento. No pensábamos que fuera a suceder tan rápido, pero así fue. Éramos de esos que habían tenido "suerte".
El primer trimestre pasó volando y sin complicaciones. Nos hicimos los análisis de sangre habituales, la ecografía y algunas pruebas genéticas adicionales. Todo parecía ir bien. Viajamos a Chicago para disfrutar de una última escapada en pareja antes de la llegada del bebé y anunciamos a nuestros familiares y amistades que estábamos esperando un niño.

Entonces llegó el día de la ecografía de las 20 semanas, en la que podríamos ver con más detalle las extremidades y los principales órganos de nuestro bebé. Cuando la ecografista colocó el transductor sobre mi barriga cubierta de gel, miramos la pantalla emocionados mientras aquella oscuridad daba paso a la silueta de un bebé: nuestro bebé.
Nuestra alegría se transformó rápidamente en inquietud cuando la ecografista se quedó de repente muy callada. Por la expresión de su rostro, nos dimos cuenta de que algo iba mal. Después de lo que nos pareció una eternidad, finalmente dijo: "Voy a buscar al médico". No teníamos prevista ninguna consulta con el médico ese día, así que sabíamos que algo no estaba bien.
El médico entró y comenzó a explicarnos la situación sin rodeos: "Lo que estamos viendo es una inflamación en la parte posterior del cerebro, en los ventrículos cerebrales". Y continuó: "Es posible que esto provoque algunos problemas de desarrollo. Vamos a derivarlos a un especialista para investigar más".
Tengo que decir que soy una persona muy optimista. Lo que nos había explicado no parecía poner en peligro la vida de nuestro bebé. En ese momento, seguía siendo positiva. De verdad creía que todo iba a salir bien.
La semana siguiente tuvimos una consulta de asesoramiento genético. Y fue entonces cuando empezamos a comprender realmente la gravedad de la situación. Creo que la especialista dio por hecho que alguien ya nos había explicado lo grave que era todo, porque enseguida empezó a hablar de distintas "opciones".
"¿Cómo que opciones?", preguntamos. Para nosotros solo había una opción: tener a ese bebé. "Puede que nunca llegue a gatear, caminar o hablar", nos explicó. Y añadió: "O puede que fallezca poco antes o poco después de nacer…".
Y entonces, por primera vez, mencionó una posibilidad que ningún futuro padre o madre querría escuchar: una interrupción del embarazo por motivos médicos. Nos quedamos completamente desconcertados. Esperábamos que nos propusieran soluciones, desde luego no aquello.
Durante las tres semanas siguientes nos sometimos a numerosas pruebas para determinar la gravedad del problema y descubrir su causa. Más ecografías, análisis de sangre y una amniocentesis (una prueba prenatal que permite detectar determinadas afecciones genéticas o cromosómicas). Los resultados confirmaron que no se trataba de una enfermedad genética hereditaria, una infección ni un problema de compatibilidad entre Laurent y yo. Aunque aquello fue tranquilizador, cada vez estaba más claro que el problema era grave y que nuestro caso era excepcional. La ecografía había mostrado una masa que parecía ser una hemorragia cerebral, además de una inflamación tan intensa que algunas partes del cerebro no tendrían espacio suficiente para seguir desarrollándose. Esto afectaba especialmente al cerebelo, que desempeña un papel fundamental en el control y la coordinación de los movimientos. Nuestro mundo se vino abajo.
Salimos de aquella consulta con una decisión que tomar. Éramos muy conscientes de que una decisión así podía acabar con nuestro matrimonio si no estábamos de acuerdo. Nos prometimos que mantendríamos una comunicación abierta y constante.
Laurent y yo sabíamos que queríamos tener varios hijos, así que intentamos imaginar cómo sería nuestra futura familia. Si seguíamos adelante con el embarazo y nuestro bebé nacía con graves problemas de desarrollo, ¿cómo afectaría eso a nuestra familia? ¿Tendríamos tiempo para dedicarles a nuestros otros hijos? ¿Podríamos asumir los gastos económicos? Eran preguntas importantes que necesitábamos hacernos, pero las respuestas no hacían que la decisión fuera menos difícil.
Más que nada, deseábamos que otra persona tomara aquella decisión por nosotros. Nos habían dado toda la información, pero no éramos profesionales de la salud. ¿Cómo podía recaer sobre nosotros una decisión así?
Sentíamos que sería más fácil dejar las emociones a un lado y centrarnos en los hechos. Así que un día me senté a intentar comprender toda la información y los informes médicos que nos habían entregado. Leí cada palabra con atención y busqué el significado de los términos que no entendía. Investigué en internet y leí todo lo que pude encontrar sobre la inflamación cerebral en bebés durante el embarazo.
No recomiendo recurrir al "Dr. Google", pero, en nuestro caso, aquellas búsquedas nos ayudaron a aceptar que el pronóstico no era bueno y que nuestro hijo nunca podría tener la vida plena que habíamos imaginado para él. Finalmente, tomamos la dolorosa decisión de seguir adelante con la interrupción del embarazo por motivos médicos.
A las 24 semanas de embarazo, preparamos una bolsa con lo necesario para pasar la noche y nos dirigimos al hospital con una tristeza inmensa, sabiendo que volveríamos a casa con los brazos vacíos. Allí conocimos a una nueva médica, que sería la encargada de realizar la interrupción del embarazo. Antes de administrar el medicamento que pondría fin al embarazo, tenía que hacer una última ecografía. La médica comenzó a examinarme. Una vez más, se hizo el silencio. Fruncía el ceño mientras observaba la pantalla. Finalmente, dijo: "No estoy convencida".
Silencio.
"¿Cómo que no está convencida?". Nos explicó que, aunque la inflamación seguía presente, no lograba identificar la masa que anteriormente se había considerado una hemorragia cerebral. Como en el lugar donde vivíamos no existía un límite de semanas de gestación para interrumpir el embarazo, todavía teníamos tiempo para comprobar si el problema podía resolverse por sí solo. Nos preguntó si estaríamos dispuestos a esperar un par de semanas más y realizar una resonancia magnética fetal. También nos sugirió que fuéramos a encender una vela a la capilla de nuestro barrio, aunque no éramos religiosos. Y ahí estaba: un pequeño rayo de esperanza. Decidimos hacer la resonancia. Y sí, también fuimos a encender aquella vela.
Llegaron los resultados de la resonancia y confirmaron que la masa no era una hemorragia cerebral. Por desgracia, las buenas noticias terminaron ahí: la inflamación había avanzado y el cerebro no se había desarrollado lo suficiente. Estábamos destrozados. Volvimos a hablar con nuestra especialista en asesoramiento genético, nuestra ginecóloga obstetra y un neurólogo. Y, por segunda vez, tomamos la decisión de seguir adelante con la interrupción del embarazo por motivos médicos.
Éramos muy conscientes de que estábamos entre las personas afortunadas, simplemente por el lugar donde vivíamos. Con casi 26 semanas de embarazo, no tuve que enfrentarme a juicios, obstáculos ni complicaciones a la hora de recibir atención médica y tomar mis propias decisiones sobre mi salud. Tuve el privilegio de contar con tiempo para decidir, algo que muchas otras personas no tienen.
Una vez más, preparamos nuestras cosas y nos dirigimos a una unidad especial de maternidad destinada a madres y padres que no volverían a casa con su recién nacido. Más tarde descubriríamos que este tipo de unidades son poco frecuentes en la mayoría de los hospitales y que muchas personas en nuestra situación tienen que escuchar el llanto de bebés que han nacido con vida.
Volvimos a encontrarnos con la misma médica que, apenas unas semanas antes, nos había hecho recuperar una esperanza que finalmente resultó ser falsa. Esta vez no habría más dudas. La médica administró el medicamento que detendría el corazón de nuestro hijo. Para mí, fue en ese instante cuando lo perdí. Grité y lloré mientras mi marido me abrazaba con fuerza. Después tuvimos que atravesar un parto intenso de 24 horas hasta que finalmente pudimos conocer a nuestro hijo, el pequeño V, que nació sin vida.
La enfermera colocó su diminuto cuerpo en la cunita que había a nuestro lado. Al principio, teníamos miedo de verlo o de tomarlo en brazos. Yo sabía que quería abrazarlo, pero me aterraba pensar en cómo me haría sentir. ¿Tendría pesadillas después de verlo? ¿Me sentiría mejor o peor? ¿Me arrepentiría de no haberlo tomado en brazos para despedirme de él?
Decidimos tomarlo en brazos y, para nosotros, resultó ser la mejor decisión que podíamos haber tomado. Aunque ya no estaba vivo, aquellos momentos con él fueron muy valiosos. Pudimos verlo y no tener que pasar el resto de nuestras vidas preguntándonos cómo habría sido su aspecto. Recuerdo que tenía muchísimo pelo y las cejas tan pobladas que se le juntaban en el centro. Bromeamos diciendo que parecían un pequeño topo. Pudimos hacernos fotos con él y crear recuerdos de aquellos momentos juntos. El personal del hospital nos preparó una caja con pequeños recuerdos de nuestro hijo para que pudiéramos llevárnoslos a casa.

Creo que lo que muchas personas no entienden de nuestra pérdida es que, aunque apenas habíamos pasado de la mitad del embarazo, yo ya estaba acercándome al tercer trimestre. Creo que muchos de nuestros amigos no llegaron a comprender lo que eso significaba.
Cuando alguien muere o pierde a un ser querido, lo habitual es darle el pésame. Pero cuando volvimos a ver a nuestros amigos, algunos no sabían qué decir y otros simplemente no dijeron nada. No creo que lo hicieran para hacernos daño. Seguramente intentaban protegernos. Pero en aquellos momentos dolía que nadie reconociera su existencia. Tenía unos piececitos, unas manitas, una nariz y unas pestañas largas, igual que su papá. Aunque ellos nunca lo vieron, él era real.
Donde vivimos, se recomienda encarecidamente acudir a terapia después de una interrupción del embarazo por motivos médicos. Así que fui. Una sola vez. Ahora, mirando atrás, sé que debería haber continuado con las sesiones. Es extraño encontrarte recuperándote física y emocionalmente de un parto, pero sin un bebé en brazos.
Después de esperar los tres meses recomendados, tenía muchas ganas de volver a intentarlo. Así que retomé el seguimiento de mi ciclo y las pruebas de ovulación. Volví a quedarme embarazada rápidamente, pero una semana después tuve un aborto espontáneo. Sentí muchísima rabia.
Nunca querrías que nadie pasara por algo así, pero no podía evitar preguntarme: "¿Por qué yo? ¿Por qué me ha tocado a mí?".
Durante mi embarazo de V, había conectado con otras mujeres que estaban embarazadas al mismo tiempo que yo. Compartíamos la ilusión de esperar un bebé. Pero después de perder a nuestro hijo, ya no quería verlas ni hablar con ellas. Quería alegrarme por ellas, pero no podía dejar de pensar que yo también debería estar viviendo aquello. Recuerdo haber visto una publicación en redes sociales de una conocida embarazada que contaba lo mal que lo estaba pasando con las náuseas matutinas. Sentí una rabia irracional mientras pensaba: Al menos tú tienes un embarazo saludable. Yo daría cualquier cosa por estar embarazada.
Finalmente, volví a quedarme embarazada. Esta vez esperaba a mi hija Charlotte, mi bebé arcoíris (un término que suele utilizarse para describir a un bebé que nace después de un aborto espontáneo, una muerte fetal o la pérdida de un bebé). Fue un embarazo difícil. No pensaba: "Voy a tener un bebé". En lugar de eso, me preparaba mentalmente para que ocurriera algo malo. Se suponía que debía estar ilusionada, pero lo que sentía era terror.
Pasé el embarazo en una especie de estado de desconexión, hasta el punto de que muchas veces se me olvidaba que estaba embarazada. Recuerdo que una vez estaba en una tienda cuando una mujer se me acercó para felicitarme. Lo único que pensé fue: "¿He ganado algo?". Pero ella estaba mirando mi barriga, que ya era muy grande. La verdad es que Charlotte no se volvió real para mí hasta que la tuve en brazos. Viví conteniendo la respiración hasta el día en que nació.
Los bebés arcoíris suelen verse como un milagro lleno de alegría, el arcoíris que aparece después de la tormenta. Pero yo no lo viví así, probablemente porque no había recibido la ayuda que necesitaba.
Cuando Charlotte nació, tenía cólicos. Lloraba sin parar y era imposible calmarla. También tenía intolerancia a los lácteos, aunque tardamos un tiempo en descubrirlo. El posparto fue extremadamente difícil y me encontré sumida en una profunda tristeza. Recuerdo que pensaba: Quizá si no llorara tanto, yo sería más feliz. Sentía una culpa inmensa. Debería estar agradecida, pero la realidad era que lo estaba pasando muy mal.
No fue hasta que Charlotte cumplió 10 meses que finalmente volví a terapia. Mi terapeuta me ayudó a comprender que estaba atravesando una depresión posparto. Pensaba que nunca podría volver a tener otro bebé, pero gracias a la terapia llegué a sentirme preparada para pasar por otro embarazo. Y así nació nuestro hijo Maverick.
Hasta el día de hoy, sigo teniendo dificultades para responder a la pregunta: "¿Cuántos hijos tienes?". ¿Debería contestar "dos" para evitarles un momento incómodo, aunque eso me haga daño a mí? A la gente le dijimos que habíamos "perdido" a nuestro bebé. Todavía hay muchas personas en nuestras vidas que probablemente no saben que habíamos decidido interrumpir el embarazo por motivos médicos.
A menudo pienso que la gente nos juzgará, que dirán: "No perdieron a su bebé. Ustedes tomaron la decisión, fue su elección". Sí, fue nuestra decisi ón. Pero fue una decisión que nadie querría tener que tomar.
Cuando Chrissy Teigen contó públicamente que la pérdida de su hijo se había debido a una interrupción del embarazo por motivos médicos, recibió muchísimas críticas de personas que no tenían ningún derecho a juzgarla. Aunque no suelo seguir las noticias sobre famosos, cuando compartió su historia sentí una conexión con ella y un gran alivio. Nadie puede comprender realmente lo que se siente hasta que pasa por algo así. Y, por fin, alguien más estaba hablando de ello.
A lo largo de toda esta experiencia, hubo momentos en los que me costaba hablar con mis amigos y familiares sobre lo que estaba pasando. No creía que pudieran entenderlo. Al final, encontré apoyo hablando con otras mujeres, la mayoría desconocidas, que habían vivido experiencias similares. Sentía que podía decirles cualquier cosa sin miedo a equivocarme, porque probablemente ellas también habían pensado o sentido lo mismo en algún momento. Nunca olvidaré la fuerza que encontré al hablar con personas que realmente comprendían lo que estaba viviendo.
Han pasado tres años desde que perdimos a V y ahora nuestra vida es muy ajetreada, con dos niños menores de dos años. Ya no pienso todos los días en el dolor de haberlo perdido. Pero hay momentos en los que vuelve, y esta época del año es uno de ellos. A veces voy caminando por la calle y, de repente, vuelvo a sentir exactamente lo mismo que sentí aquel día de otoño, cuando salí del hospital con los brazos vacíos. Es algo que nunca te abandona del todo, pero con el tiempo el dolor se vuelve más llevadero.
