Ilustración por Katrin Friedman

Igualdad de género

¿Cómo la menstruación se volvió un tabú?

Una mirada a los orígenes históricos y teorías sobre el estigma de la menstruación

por Anna Druet, Former Science and Education Manager
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*Tradución: Carolina Tafur

¿Por qué no llamamos a la menstruación por su nombre? Los eufemismos tienen un propósito: nos dan palabras para hablar sobre cosas que culturalmente se consideran tabú. El impacto que tienen los tabúes menstruales típicos es claro: estos pueden llevar a cambios importantes en la manera como manejamos la menstruación, así como a resultados adversos en la salud reproductiva, a la exclusión social, a la enfermedad e, incluso, la muerte.

El estigma de la menstruación es una forma de misoginia. Los tabúes menstruales nos condicionan a entender la función menstrual como algo que debe sere escondido, algo que causa vergüenza. Y, asimismo, al no ponerle nombre a algo, reforzamos la idea de que no debe ser nombrado.

¿Acaso siempre fue necesario hablar en código para referirse a los periodos? ¿De dónde salieron estas palabras y cómo se comenzaron a usar? ¿Siempre se consideró a los periodos como una experiencia negativa?

Los eufemismos y tabúes menstruales son de vieja data, pero no todas las sociedades ven la menstruación bajo una luz negativa.

Encontramos tabúes menstruales en el Corán:

“abstenéos de las mujeres mientras dure y no vayáis a ellas hasta que no estén puras” Corán 2:222,

… la Biblia:

“Cuando a una mujer le llegue su menstruación, quedará impura… Todo el que la toque quedará impuro hasta el anochecer… deberá lavarse la ropa y bañarse, y quedará impuro hasta el anochecer.” Levítico 15

… y la primera enciclopedia latina (73 d. C):

“El contacto con [la sangre menstrual] agria el vino fresco, los cultivos que entran en contacto con ella se vuelven estériles, los injertos mueren, las semillas se secan en los jardines, los frutos se caen de los árboles, el acero se desafila y el brillo del marfil se opaca, las colmenas de abejas mueren y un hedor espantoso enrarece el aire. Al probarla, los perros enloquecen y su mordida transmite un veneno incurable.” (1).

Estos tabúes probablemente se remontan a una era que antecede a la agricultura, al cerebro moderno e, incluso, tal vez, al lenguaje (2, 3).

Después de todo, la menstruación antecede al lenguaje. La vida de los primeros humanos que evolucionaron se centraba alrededor de la supervivencia, la reproducción y las funciones biológicas, tales como nacer, morir, aparearse y cazar. Estos elementos tuvieron un papel fundamental en la formación del lenguaje, no al revés. Y es ahí donde los antropólogos investigan el tabú de la menstruación: en la intersección entre evolución, comportamiento y biología.

Pero mientras los tabúes negativos sobre la menstruación son casi universales, hay excepciones y los tabúes mismos cambian. Algunas sociedades operan con asociaciones menstruales y eufemismos positivos. Por ejemplo, Algunas sociedades modernas de cazadores-recolectores entienden la menstruación como algo poderoso, sanador, protector y sagrado (4, 5). Estos grupos también son más propensos a tener cierto grado de igualdad de género (2, 5).

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Algunas costumbres que rodean a la menstruación pueden actuar como herramientas que fortalecen la autonomía femenina, otorgando control social y relevo de las actividades laborales, entre otros beneficios (4, 6, 7). La tribu Mbendjele de África Central, por ejemplo, aún usa dichos como “mi esposo más importante es la luna” (8). La choza más grande de la tribu Mbuti en la República Democrática del Congo es la choza menstrual, donde van las mujeres que tienen su primer periodo, acompañadas de otras jóvenes y parientes mujeres. En esta tribu, tener un periodo se considera fortalecedor y bendecido por la luna (9).

Incluso los textos médicos egipcios antiguos, entre ellos el papiro ginecológico de Kahun, ca. 1800 a. C., y el papiro Ebers, ca. 1500 a. C., usan la palabra hsmn (“purificación”, según algunos autores) para referirse a la menstruación (7). La menstruación tiene una connotación positiva en estos textos, los cuales contienen curas para la amenorrea, así como recetas para ungüentos que usan como ingrediente la sangre menstrual, uno de estos para ayudar a levantar los senos caídos (10, 11).

La creación de tabúes relacionados con la menstruación ocurrió de manera independiente y en repetidas ocasiones, a lo largo de diferentes grupos y ubicaciones geográficas. Sin embargo, los expertos no se han puesto de acuerdo con respecto al por qué.

Los orígenes y funciones del tabú sobre la menstruación aún están sujetos al debate. Freud dijo que el tabú surge a partir de nuestro miedo a la sangre (12). Allan Court argumentó que el tabú nace, en parte, de la percepción que tenían los primeros humanos de la sangre como algo sucio (o, como lo pondría en 1963, “un efecto depresivo en los materiales orgánicos”) (13). La antropóloga Shirley Linderbaum teorizó, en 1972, que el tabú es una forma de control poblacional, ya que limita el contacto sexual con el estigma de la “contaminación” (14). En 2000, el historiador Robert S. McElvaine acuñó el término síndrome no-menstrual o SNM para describir la envidia reproductiva que lleva a los hombres a estigmatizar la menstruación y dominar socialmente a las mujeres como “compensación psicológica por lo que los hombres no pueden hacer biológicamente” (15).

Todas estas teorías están vinculadas al tiempo y lugar en que fueron desarrolladas, y muchas de estas surgieron a partir de una preconcepción negativa de la menstruación. Clellan Ford propuso que el tabú de la menstruación se desarrolló debido a que las primeras sociedades sabían de sus “efectos tóxicos y nocivos para la salud” (16). Claro, ahora sabemos que la sangre menstrual no es tóxica. Pero este sesgo permaneció en la ciencia a lo largo del siglo XX. En 1920. La Dra. Bela Schick acuñó el término “monotoxina” después de concluir que, si una enfermera con menstruación manejaba flores, estas se marchitaban más rápido (5). En 1952, los investigadores de Harvard, Olive y George Smith (pioneros en los campos de la ginecología y el tratamiento de estrógenos), inyectaron a animales con sangre menstrual contaminada con bacterias latentes y los mataron (16). De acuerdo con “The Curse: A cultural history of menstruation” (La maldición: una historia cultural de la menstruación), por años los Smith siguieron atribuyendo las muertes a una menotoxina, incluso después de que más estudios mostraron que los animales murieron por la contaminación bacteriana de la sangre, más que por la sangre en sí (17). A finales de los años 50 se refutó la teoría sobre la toxicidad de la sangre (18).

En 1974, un estudio comparativo de 44 sociedades encontró que la mayoría de culturas observadas concebía la menstruación, en parte, como lo que es: una señal de la fase reproductiva. Este estudio también reveló que la aparición del tabú en una sociedad puede estar íntimamente relacionada con el grado de participación de los hombres en las actividades reproductivas de dicha sociedad, tales como la crianza de los hijos y el parto. Esto es, una mayor participación está relacionada con menos tabúes (aunque esta relación no supone una causalidad) (5).

Una teoría sugiere que los tabúes relacionados con la menstruación están en el corazón de los orígenes del patriarcado.

El Profesor Chris Knight, antropólogo social de la Univerisidad de Londres, ha investigado los orígenes históricos del tabú menstrual. En 1991 publicó “Blood Relations: Menstruation and the Origins of Culture” (Relaciones de sangre: la menstruación y los orígenes de la cultura), y posteriormente sería cofundador de EVOLANG, una serie de conferencias internacionales sobre la evolución del lenguaje. Las teorías de Knight son polémicas pero incitan a la reflexión y hablan de la complejidad para discernir las raíces históricas del estigma de la menstruación.

Knight piensa que los tabúes menstruales originales nacieron a partir de la iniciativa femenina y comportamientos que favorecían a las hembras de los primeros homínidos. Es decir, las primeras mujeres establecieron, con razón, la menstruación como un tiempo en el cual sus cuerpos no podían ser tocados, creando así su propio tabú. Solo después este tabú se transformaría en algo que comprometería la autonomía femenina, en vez de fomentarla.

Para que la teoría de Knight funcione, los primeros humanos tendrían que haber menstruado en sincronía con la luna, de lo cual no hay evidencia suficiente en las sociedades modernas. Sin embargo, Knight sostiene que esto no significa que la duración del ciclo no tenga importancia evolutiva. La especie humana ha evolucionado en condiciones que favorecen un ciclo de 29.5 días, la misma duración del ciclo lunar. Nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los bonobos, tienen ciclos menstruales de aproximadamente 36 y 40 días, respectivamente. Otros primates tienen ciclos de 19 y 28 días. Los científicos aún no se han puesto de acuerdo con respecto a por qué nuestro ciclo se parece tanto al ciclo lunar o por qué el eufemismo del sangrado cíclico está relacionado con la luna en diferentes culturas. Sin embargo, Knight argumenta que no podemos descartarlo como simple coincidencia, sin antes explorar la posibilidad de que haya una razón evolutiva detrás de este fenómeno—cómo y por qué las mujeres nos hubiéramos podido beneficiar en nuestro pasado evolutivo.

Esta teoría se explica mejor en dos partes: los orígenes posibles de prácticas relacionadas con la menstruación ventajosas para las hembras, y cómo éstas pudieron haber cambiado de manera tan radical.

La teoría de Knight sobre el tabú de la menstruación comienza con la manera como nuestros ancestros cazaban.

Cuando nuestros ancestros Homo habilis evolucionaron en África, hace unos 2 millones de años, cohabitaron con especies de grandes felinos, como leones, tigres dientes de sable y otros depredadores grandes con mejor visión nocturna. Cazar con poca luz nocturna hubiera sido más peligroso que cazar en noches de luna llena cuando los alrededores estaban bien iluminados.

Las primeras prácticas de cacería no debieron proporcionar mucha carne a las hembras y las crías de los primeros homínidos. Cuando los chimpancés cazan, los machos se aglomeran alrededor de la presa y pelean sobre ella mientras comen. Esto deja sin carne a aquellos que no participan en la caza, quienes deben encontrar otras fuentes de proteína.

En contraste, los grupos de cazadores-recolectores en África hoy en día tienen reglas para que los cazadores regresen con la pieza completa al campamento antes de que las mujeres la reciban y la distribuyan equitativamente.

En el modelo de Knight, las primeras hembras tuvieron un papel fundamental al dar forma a este nuevo comportamiento y actuar de una manera que promovía la seguridad y aseguraba que la comida proveniente de la caza se compartiera. Las hembras comenzaron a reunirse por un periodo de tiempo alrededor de la luna nueva (oscuridad), aisladas de los machos, algo que todavía pasa en las sociedades de cazadores-recolectores en la actualidad. Durante este periodo el sexo estaría restringido y la atención de los machos estaría centrada en la futura caza de luna llena. Los machos pensarían que todas las hembras estaban menstruando al mismo tiempo. Después de la caza, los machos regresaban con comida, y su comportamiento durante la preparación y participación en la caza, y al compartir la comida, se verían recompensados. El periodo de aislamiento sexual llegaría a su fin, dando inicio a un tiempo de abundancia de comida y actividad sexual.

Knight sugiere que la posible sincronización menstrual de nuestros ancestros se debe al efecto combinado de la luz de la luna, la luz de las hogueras, la nutrición y el comportamiento, más que a la gravedad.

Al reunirse y decir “no”, las hembras pueden haber conferido a la sangre una connotación de poder, creando un símbolo cultural fuerte y el primer “tabú” menstrual—diferente a como pensamos sobre los tabúes hoy en día. La menstruación pudo haber estado asociada con el poder, con el éxito de la caza y con la sangre de los animales de presa. Este “tabú” de la sangre también pudo haber sido aplicado a la sangre de la presa, haciendo que los machos no se comieran las piezas hasta llevar la sangre al campamento, donde esta sería removida a través del proceso de cocción. La tribu Ju/'hoansi de la parte meridional del continente africano, por ejemplo, cuenta historias de hombres que no acatan los tabúes menstruales y mueren en ataques de elefantes, o cómo salir de cacería cuando la pareja está menstruando puede provocar un ataque o perder la presa.

Cómo cambiaron las prácticas que beneficiaban a las mujeres

Si el tabú menstrual original reafirmaba el poder femenino, ¿por qué cambió? Knight dice que cambió en el momento que la megafauna comenzó a escasear. Cuando la población aumentó y fue más difícil cazar presas grandes, una cacería al mes dejó de ser suficiente. Los grupos comenzaron a depender con mayor frecuencia de las presas pequeñas, los tubérculos y la recolección, haciendo menos viable el ritmo cíclico de trabajo-placer, así como los comportamientos y rituales asociados a este.

La pérdida de sincronización entre la caza y la luna, pudo haberle costado la sincronicidad a los ciclos menstruales. Knight explica que para este punto, casi todo aspecto en la vida de los primeros humanos estaría regido por estas prácticas. De modo que, cuando se volvieron irrelevantes, cualquier norma de restricción o solidaridad sexual, comenzó a estar de sobra. En la medida que las prácticas colapsaban, los ciclos volvieron a escalonarse y la solidaridad comunal femenina se perdió.

En este momento, algo muy extraño comienza a suceder, dice Knight: “Con el fin de evitar el colapso de todo el sistema, en muchos lugares, los hombres comienzan a ritualzar su propia versión de la menstruación, cortándose el pene (o en algunos lugares, las orejas, narices o brazos) y sangrando juntos, perdiendo una copiosa cantidad de sangre.”

Se reasignaron las chozas menstruales—los lugares comunes donde las mujeres se reunían para menstruar juntas—para el nuevo y más sincronizado ritual de sangrado masculino. “Estas se convirtieron en chozas masculinas, de las cuales se excluía a las mujeres, y se las llamó Casas de los Hombres o Templos.”

Esto, aduce Knight, es el eje fundamental de todas las religiones patriarcales del mundo. “Donde sea que haya estos templos e iglesias, en el Judaísmo, en el Cristianismo, son chozas de hombres magnificadas, controladas y dominadas por hombres.” Incluso después del comienzo de la agricultura, estos rituales de sangrado masculino continuaron.

Este proceso pudo haber preparado el camino para la concepción y el tratamiento de la menstruación en sociedades extremadamente patriarcales como la griega y la romana, y las religiones que les sucedieron, las cuales formaron nuestro occidente moderno.

(Para algo de contexto, esta historia comenzó hace unos dos millones de años, en tiempos del Homo habilis, en los 600 mil años de historia entre los “humanos simiescos” y el Homo erectus. Hace 1.5 millones de años, comenzamos a usar el fuego, y comenzamos a cocinar nuestros alimentos hace menos de un millón de años. La escasez de presas grandes y las consecuencias de esto, están en un periodo mucho más reciente, desde la última glaciación).

“En el corazón de todas las religiones del mundo se encuentra una idea fundamental. Algunas cosas son sagradas. Y si el cuerpo no es sagrado, entonces nada lo es,” dice Knight. “La sangre era una marca de la sacralidad del cuerpo. Entonces la paradoja está en que la característica que benefició a las mujeres a lo largo de la evolución humana, ahora se convierte y experimenta como la que más le arrebata el poder.”

Puede que nunca lleguemos a saber cómo, exactamente, se establecieron los tabúes sobre la menstruación.

Por supuesto, hay mucha controversia alrededor de estos temas y muchos elementos quedan libres a interpretación. Tanto la sincronía como la asincronía pueden tener una ventaja de adaptabilidad evolutiva: algunos estudios sugieren que la sincronización disminuye la competencia entre hembras por una pareja y favorece la diversidad genética, por ejemplo (19). Pero la calidad de la evidencia de la sincronización del celo en poblaciones humanas y no-humanas, no solo es cuestionada sino que hace parte de un intenso debate, sobre el cual varios autores han escrito, entre otros, la colaboradora de Clue en Oxford, Alexandra Alvergne, así como Knight.

Para una explicación a profundidad de la teoría de Knight, puedes leer más aquí, o en su libro. Pares de Knight han referenciado su teoría como “la más importante sobre la evolución de la organización social humana jamás escrita.” Se puede decir que, hasta la fecha, es el único marco teórico para esta historia profunda del tabú menstrual, lo cual es diciente de los tabúes mismos al interior del ámbito académico.

Está claro que la manera como hablamos sobre la menstruación no va a cambiar pronto debido al arraigo profundo de los tabúes menstruales en nuestras culturas, creencias e historias. Las sociedades que nos heredaron el entendimiento sobre nuestros cuerpos se formaron alrededor de estos tabúes. Es necesario cambiar los sistemas para cambiar los tabúes.

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